El Lada en Cuba sigue gozando de fama, bien ganada, por su fortaleza, funcionalidad y adaptabilidad a las circunstancias.

No son pocos los choferes a los que les resulta difícil desprenderse de este auto con merecida gloria y dócil a increíbles adaptaciones. “Es lo mejor que hay en cuanto a costo y beneficio”, sostienen otros.

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Por la calle anda un legado soviético. Rueda. Por Cuba entera. Su nombre es conocido, aunque no todos saben que significa barco. ¿Tendrá relación esa sencilla semántica con que muchos añoren embarcarse así? También se puede asociar a las palabras de amado o querido. Verdad que tiene un montón de partidarios en todo el mundo y, como ya dije, especialmente en nuestro país.

Sin tener dominio de las estadísticas, supongo que su cantidad debe estar por los cientos de miles. Aunque su aparición en el escenario nacional no respondió al espontáneo gusto individual o a una voluntad acordada, ni siquiera en reunión del CDR, sino a un periodo histórico concreto y a decisiones de nivel central. Luego fue ganando —quién sabe si por sus cualidades intrínsecas, necesidad o costumbre— aceptación y popularidad. De cualquier modo, no arrebata por ostentar un diseño vistoso. Su delineado rectangular, por lo menos a mí, me hace pensar en una caja de fósforos rodante.

El Lada sigue gozando de fama, bien ganada, por su fortaleza, funcionalidad y adaptabilidad a las circunstancias.

A tal punto, hoy forma parte principal de nuestro salpimentado ajiaco automotor; dentro del cual compiten y compiten —hasta en sus versiones más antiguas— junto a las máquinas del tiempo americanas y los Peugeot, Hyundai y Audi que oxigenan el panorama con sus aires de modernidad.

Ya no es el último grito de la técnica. Es lógico. Tampoco presume las distinciones y los bríos de antaño, y por ley natural va cediendo su reinado sobre el asfalto. No obstante, el Lada sigue gozando de fama, bien ganada, por su fortaleza, funcionalidad y adaptabilidad a las circunstancias. “Está hecho para tiempos de crisis”, se le escucha afirmar a algunos propietarios.

No son pocos los choferes a los que les resulta difícil desprenderse de este auto con merecida gloria y dócil a increíbles adaptaciones. “Es lo mejor que hay en cuanto a costo y beneficio”, sostienen otros. Y no faltan quienes tras compartir con su Lada miles de kilómetros de carreteras, y hasta intimidades dentro de sus cuatro puertas, aseguran estar enamorados de su vehículo. “No lo cambio por nada”, dicen agradecidos. Verdad que los seres humanos cultivamos una relación especial con el transporte.

Fue a finales de la década de los 60 cuando la industria automotriz soviética —específicamente la empresa AvtoVaz— emprendió la fabricación masiva de carros Volga, Zil y Moskvich, y proyectó el nacimiento del Lada clásico de la etapa socialista. Así los primeros ejemplares de esta marca salieron al mercado en 1966.

Por entonces desembarcaron en la Mayor de las Antillas. De inmediato el Lada devino el coche de la familia cubana, como antes —en los años 50— lo fueron el Ford y el Chevrolet. Además, pasó a ser el vehículo por excelencia de los dirigentes, de las dependencias estatales, de las patrullas de policía, de las flotillas de taxis; ah, y a ser estímulo material para trabajadores destacados, internacionalistas y personalidades de las artes, las ciencias o el deporte.

Si bien la fábrica del Lada se distinguió siempre por producir modelos duraderos, económicos y funcionales, que este vehículo venido de 9550 kilómetros de distancia siga todavía dando batalla frente a almendrones y autos flamantes se debe, en buena medida, a la osadía e inventiva de sus dueños; que sortean la inmovilidad ante las carencias y los costos de piezas de repuesto. Por eso, a pesar de ser casi “un cincuentón”, el Lada cubano se las arregla para mantenerse en forma. Y aun, en los casos más afortunados, para lucir como de quince.

Los hay mejores y peores; de disímiles modelos, colores y propietarios. Están los que van acelerados al estilo Rápido y Furioso 7 —que por cierto, no le hizo justicia al Lada en su pasaje habanero. ¿Discriminación?— y los cancaneantes que no superarían en hectómetro ni al fotingo de Míster Magoon. Están los deslumbrantes que parecen carrozas de carnaval y los desteñidos como pantalón de mezclilla de estudiante universitario. Están los que duermen en garaje y son cuidados como niña de los ojos, y los trasnochadores de alquiler, que solo por su tarifa evocan a esos atracadores que suelen imperar: ¡La bolsa o la vida! Están los que parecen una discoteca en vuelo y los que van botando por el tubo de escape una tos asmática. Los hay desde 14 hasta 20 000 (que quede claro: trazadoras, no salvas). También los Ladas se ven signados por las diferencias, los extremos.

En septiembre de 2012, la planta automotriz de Izhevsk, ubicada en la región del Volga, dejó de fabricar los automóviles marca Lada. El último ejemplar que vio la luz —del modelo 2104— se destinó al museo de la empresa para matar el hambre de la nostalgia. Para que se tenga una idea de la gloria perdida: alrededor de 39 000 automóviles Lada clásicos brotaron de dicha fábrica desde 2001.

Ahí no termina el cuento. La exitosa empresa rusa reenfocó sus empeños a crear un nuevo modelo de líneas más sofisticadas. Hace poco leí en Cubadebate sobre la novedad de que Rusia retome con Cuba el comercio de esos vehículos. No sé si estos habrán aterrizado ya en la isla, deduzco que no. Tampoco hay muchos detalles de las características de los carros que serán suministrados.

De todos modos es una interesante noticia. Y más que eso, esperanzadora, sobre todo para los no poseedores de Lada —me incluyo, por supuesto—, perennes viajantes de la guagüita de San Fernando y eternos aspirantes a tener un carrito algún día.

Mientras la cosa va y viene, y el sueño se hace realidad o se esfuma para siempre, ese legado soviético seguirá recorriendo las calles. Así ha de mantenerse, es de suponer, por muchos años más.

Tomado de Cubahora

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