Cubanas con turbante

Son muchas las mujeres cubanas que deciden someterse a las reglas y costumbres del mundo árabe para marcharse del país. Esta historia nos habla de una de ellas.

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Ahora se llama Farah. A los 17 miraba de frente al primer hombre que le gustara, y luego sus ojos bajaban a la portañuela por natural gravedad de sus instintos de hembra. Así lo soltó, sin pudores, una noche de alcoholes y trova en el IPVCE. No era una puta, maduró antes.

Nadie le dijo de qué largo tenía que llevar la saya de su uniforme, pero hasta los más falderos se portaban cautos. Disimulaban las ganas de anotarse otra rayita con aquellos muslos redondos, y sus ganas terminaban justo en el dobladillo azul. Le temían porque su lengua hacía diana en el centro mismo de la vergüenza, tenía un especial dominio en el arte de ridiculizar y encontrarle el punto débil a cada quien.

Sin pretenderlo era trofeo, y de ella todos tenían que hablar. La envidiaban o la bendecían o la invocaban a medianoche, haciendo gustosos sacrificios frente a ese muro de los lamentos que hay en cualquier baño de la vocacional.

Solo le conocí 2 novios. El primero lindo. El otro nos demostró que daba lo mismo pasarse horas en un laboratorio de computación que haciendo planchas. Nerdy cuatro ojos se había dado a una de las jevas más duras, y ahora algunos incrédulos envidiosos miraban también su portañuela y lo rebautizaban como el tres paticas de la torre B.  

Y de mucho debió servirle aquella pierna adicional cuando, a pesar de su miopía y de la guardia del internado, aprendió a caminar de madrugada por los aleros de la torre A, hasta encontrar la cama de ella en la oscuridad. Solo por eso se sabía que eran novios, nada más. Estaban enamorados, pero siempre andaba cada uno por su parte. Ella cargaba su cubo de agua cuando se quedaba seca la gran ciudad escolar, y seguía fugándose cada jueves para irse al Mejunje de Santa Clara a rasparse la garganta con canciones difíciles y libar del primer pomo con alcohol. Le echaba la mano por arriba y jugueteaba con cualquiera, pero al día siguiente recuperaba su belleza cerril. 

No se maquillaba jamás. Hacía alergia a los matutinos, pero no le avergonzaba ser vista en el doble del comedor. Bastaba un lance suyo para implantar nuevas modas, y como mucho leía, quizás no fui el único que miró de reojo para saber luego qué libro buscar.

A los 17 años ya era una mujer. Ahora se llama Farah, y luce mansa hasta de día.

No la habría reconocido de no ser porque andaba de la mano de su madre. Lleva un largo turbante, no parece cubana, no se llegó a graduar de estomatología y no sé si todavía le gusta cantar.

La madre me explica que no se llama turbante sino hijab y que Farah se va en unos meses cuando se gradúe su novio, y me habla maravillas de aquel país donde hay cosas tan bellas como ese propio turbante. La madre está borracha de júbilo y Farah asiente.

Y tengo ganas de ametrallarla con reclamos —a ella, y no a la madre, porque en sobriedad no hablo con borrachos— ¿qué te pasa loca? ¿No te han dicho que allí las mujeres duermen separadas de los hombres, y que van al encuentro cuando ellos quieren sexo o procrear? Quizás estés en igualdad de condiciones que otras seis, valdrás lo mismo que un camello y tal vez un día tu esposo te ponga a correr, si no le parecen tan redondos tus muslos ya... Pero me guardo mis sandeces.

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Quizás ella sepa lo necesario y aun así lo ame sin pedir permiso. Puede que solo sean habladurías, exageraciones y prejuicios los míos, y se aman bien, y hasta liban rones en sus fugas de jueves a la trova. Puede que yo sea otro intolerante o un agorero muy torpe, y que entonces deba alegrarme como su madre, porque Farah no tendrá un destino de odalisca, sino que será la predilecta de un emir que estudia medicina a Cuba.

Pero quizás su madre no la conoció como yo, y por eso no le importa que se cambie hasta el nombre.

Mientras Farah asentía esta mañana, mi admiración se quedó a ras del suelo como el nuevo dobladillo. Y no supe qué libro buscar para dejar de creer que ella mirará un lugar inexacto entre la portañuela y los ojos de él.

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